No me cansaré nunca de repetir que, al igual que sucede en cualquier faceta de la vida, el diálogo entre diferentes, la mezcla, la heterogenéidad, es lo que enriquece la decoración. Yo, por lo menos, no la concibo de otra manera. Me aburren muchísimo los interiores homogéneos, me parecen anodinos y sin ninguna personalidad.

Un ejemplo ilustrativo de lo que digo es esta vivienda sueca, del siglo XIX, que, sin embargo, ha sabido adaptarse a las nuevas necesidades de la vida moderna. La decoración es un sabio ejercicio de eclecticismo en el que aparecen mezcladas piezas antiguas (el escritorio, la mesa del comedor, las maletas, etc.), que nos recuerdan al pasado de la vivienda, junto a piezas actuales, como el frigorífico SMEG, las sillas del comedor o el sofá del salón.

Una vivienda que desprende encanto, sinceridad y, sobre todo, personalidad, gracias a un proyecto decorativo bien entendido.

¿Un must? El espacio de trabajo de la segunda planta. Magnífico el contraste de las blancas paredes impolutas (rasgo del minimalismo) con la mesa y la silla del escritorio.

Procedencia de las imágenes: Alexander White
 
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